VadeReto: Marzo 2026- La Cosecha de Obsidiana

marzo 23, 2026

VadeReto: Marzo 2026- La Cosecha de Obsidiana

¡Hola a todos! Bienvenidos nuevamente a Enredados entre Libros. Hoy les traigo mi participación en el VadeReto de este mes de Acervo de Letras, les dejo AQUÍ el link para que revisen la base del reto.

La propuesta para este mes es: ECLIPSE LUNAR. Las condiciones para este reto son:

El personaje principal o el punto de inflexión de la trama del relato tendrá que ser un Eclipse Lunar.

 

La historia puede ocurrir durante el eclipse o, también, antes o después. Pero tendrá que ser mencionado en el relato.

 

El efecto de este eclipse podrá tener las consecuencias que más os guste: terror, magia, romanticismo, melancolía, transformación, intriga, renovación, (des)equilibrio, revelación…

 

Según lo anterior, podéis usar el género literario que más se adapte a ello.

 

Y por último, y no menos importante, dado el tipo de fenómeno tendrá que ocurrir de noche.


Cita:

«Todo el mundo es una luna, y tiene un lado oscuro que nunca muestra a nadie».

Mark Twain

VadeReto: Marzo 2026- La Cosecha de Obsidiana

Al leer los requerimientos del reto, recordé un relato que escribí y publiqué el año pasado sobre las Tzitzimimeh. Aquella historia se desarrollaba precisamente durante un eclipse; por ello, decidí retomar la figura de estas deidades celestiales esqueléticas de la mitología mexica. Comúnmente descritas como demonios estelares asociados con los eclipses y la oscuridad, regresan ahora en un relato distinta a la que compartí originalmente:

﹀﹀﹀ •   •   • La Cosecha de Obsidiana━━━

En el pueblo de Cualocáyotl, todos conocíamos las advertencias de los ancianos, pero siempre las tratamos como cuentos para asustar a los niños antes de dormir. Sin embargo, la noche del eclipse, el cielo se encargó de recordarnos que las leyendas tienen dientes. Todo empezó cuando la Luna, nuestra única luz en la sierra, comenzó a ser devorada por una sombra circular. El aire se volvió frío de golpe y el color del mundo cambió a un rojo oxidado, como si el cielo mismo estuviera sangrando sobre nosotros.

No hubo aviso previo. De la negrura del firmamento empezaron a descender figuras que desafiaban cualquier lógica. Eran las Tzitzimimeh. Al verlas de cerca, el cerebro tardaba en procesar su apariencia. Eran esqueletos vivientes, huesos blancos y pelados que caminaban con una agilidad aterradora, pero de sus espaldas brotaban enormes alas de mariposa con patrones de colores vibrantes y ojos falsos que parecían observar cada uno de nuestros movimientos. Lo más espantoso eran sus adornos: llevaban collares pesados hechos con corazones humanos frescos que todavía palpitaban contra sus costillas.

El ataque en Cualocáyotl fue directo y brutal. Los hombres del pueblo, impulsados por la necesidad de proteger sus hogares, salieron a las calles con machetes, palos y cualquier cosa que sirviera como arma. No tuvieron oportunidad. Las criaturas tenían garras de obsidiana, largas y afiladas como navajas de afeitar, que cortaban la carne y el hueso con un solo movimiento. Vi a mi propio padre caer mientras una de esas cosas le arrancaba el corazón con una precisión quirúrgica para añadirlo a su macabro collar.

En medio de la carnicería apareció Itzpapálotl, la Mariposa de Obsidiana. Era más grande que las demás, con alas que parecían hechas de espejos negros que reflejaban la agonía de nuestro pueblo. Bajo sus órdenes, las Tzitzimimeh no dejaron piedra sobre piedra. Incendiaron las cosechas, derribaron las paredes de adobe y cazaron a cada hombre que intentó esconderse o pelear. El sonido de los huesos chocando entre sí y el batir de las alas de seda llenaba el ambiente, creando una atmósfera de pesadilla.

Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, notamos algo extraño. Yo estaba escondida en el rincón más profundo de mi choza con mi hijo recién nacido en brazos. A mi lado, mi hermana, que estaba en su octavo mes de embarazo, temblaba incontrolablemente. La puerta de nuestra casa fue arrancada de un tirón y una de las Tzitzimimeh entró. Sus cuencas vacías brillaban con una luz amarillenta y sus garras goteaban sangre. Me preparé para morir, apretando a mi bebé contra mi pecho.

Pero la criatura no se movió hacia nosotros para atacarnos. Al percibir el olor de la leche materna y el latido del vientre de mi hermana, su postura cambió por completo. Dejó de ser un monstruo cazador y se convirtió en una guardiana silenciosa. Se apostó en la entrada, de espaldas a nosotras, y extendió sus alas de mariposa de par en par, bloqueando el paso a cualquier otra criatura o al fuego que consumía las casas vecinas.

Durante las horas que duró el eclipse, fuimos testigos de la dualidad más pura y aterradora de estas deidades. Mientras afuera se escuchaban los últimos gritos de los hombres siendo exterminados, dentro de nuestra casa reinaba una calma artificial. Las Tzitzimimeh protegían activamente a cada mujer embarazada, a cada madre y a cada recién nacido del pueblo. Era como si hubieran venido a limpiar el mundo de todo lo viejo para dejar únicamente la semilla de lo nuevo.

Cuando los primeros rayos del sol asomaron por el horizonte y la sombra abandonó la Luna, las criaturas emitieron un chirrido agudo que nos lastimó los oídos. En un instante, batieron sus alas y ascendieron a gran velocidad, perdiéndose en el brillo del nuevo día como si nunca hubieran estado allí.

Cualocáyotl quedó en ruinas. No quedaba un solo hombre con vida, ni un solo edificio en pie que no fuera el refugio de una madre. Salimos a las calles llenas de ceniza y restos óseos, caminando entre lo que quedaba de nuestras vidas anteriores. Las deidades nos habían perdonado, pero el precio de esa protección fue el exterminio total de todo lo demás. Ahora, en el silencio absoluto del pueblo, nos toca a nosotras, las supervivientes, empezar desde cero sobre las cenizas de la noche roja.

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Con esto concluimos el día de hoy, me encantaría conocer su opinión al respecto.

 

¡Nos vemos en la próxima, chao!

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